
Aceptarnos tal como somos modificándonos con el tiempo, aquellos aspectos que nos causan dolor, para sentirnos mejor de lo que somos.
Vida o muerte. Un debate diario. Una elección cotidiana. En cada decisión, se juega la partida y se apuesta. Lo que nos mantiene cohesionados se supone que nos ata a la vida: los proyectos, la familia, los amigos…pero a veces esta misma cohesión nos ata a la autodestrucción, no a la vida
No basta sólo con ser uno mismo si no hay un ser en la mirada del otro. Vale decir, si no contamos entre aquellos que nos rodean, con el reconocimiento de nuestra auténtica identidad, sin necesidad de sobreadaptarnos para encajar todo el tiempo, sumisos al deseo de los demás.
Somos engranajes, partes de un Todo mayor: nuestra familia, nuestro círculo de amigos, nuestro círculo social, etc. Y así como enfermamos cuando alguna de las partes que integran nuestros sistemas fisiológicos se desarmoniza, también enfermamos cuando nosotros, como individualidades, no logramos integrarnos armoniosamente a alguno de los sistemas a los que pertenecemos.
Lo mas facil sería depositar la culpa en otro, victimizarnos a través de la queja, tratamos de cambiar al otro, inútilmente y logramos otro sobreadaptado y sumiso a nuestra voluntad si es que lo logramos …y no nos sirve, ya que a la larga deberíamos modificar a todo un entorno… entonces bajamos los brazos, nos sobreadaptamos nosotros, amoldándonos a lo que se espera que hagamos pero con el tiempo nos damos cuenta que tampoco sirve; si cedemos demasiado nos terminaremos ahogando en la soledad de la auto insatisfacción.
Y tratamos de integrarnos a otras redes donde se genere pertenencia pero desde el reconocimiento recíproco. Esas redes a veces son entramados poco consistentes que pueden diluirse con el tiempo: redes de amigos que se pierden, de grupos que se acaban.
Y en estas idas y vueltas sigue nuestra batalla entre la vida y la muerte. Entre seguir adelante buscando, bajo la luz de la esperanza, nuevas formas más placenteras y menos dolorosas de andar el camino.
O caer, eventualmente, en la repetición de modelos nocivos que nos atan a hábitos que nos conducen al dolor y a la frustración, hasta el momento de luz en que podamos elaborarlos y trascenderlos, aprendiendo a no repetir la pauta, a auto-observarnos con amor y tolerancia, para ayudarnos a nosotros mismos, y no desde la autocrítica, a avanzar en la senda de nuestra individuación.
En estas pequeñas batallas privadas y cotidianas, descubro que la clave está en que no hemos aprendido a amar. Menos aún a amarnos. En este interjuego de exigencias recíprocas a los otros y de los otros, nos ha quedado, tal vez, el aprendizaje del deber hacer o del deber ser en vez del de amar y aceptar.
A-mor, que significa sin muerte. Amar, que no es querer, porque al querer, necesitamos, poseemos egoístamente, por nuestra propia inseguridad, sin pensar en lo que el otro verdaderamente siente o necesita, y sin pensar en lo que verdaderamente necesitamos, para tratar entonces de lograrlo y al hacerlo, soltar las amarras de la dependencia infantil, y madurar como adultos.
Muchas son las cosas que aprendimos en la infancia: a depender, a necesitar, a satisfacer, y quizás así establecimos luego nuestras demandas hacia los demás. Pero la enseñanza básica, la única enseñanza válida: aprender a amar, ¿cuánto tiempo le hemos dedicado a aprenderla? ¿Cuánto esfuerzo? O, más aún, ¿Nos hemos planteado alguna vez la necesidad de aprender a amar?
Vida o muerte. Un debate diario. Una elección cotidiana. En cada decisión, se juega la partida y se apuesta. Lo que nos mantiene cohesionados se supone que nos ata a la vida: los proyectos, la familia, los amigos…pero a veces esta misma cohesión nos ata a la autodestrucción, no a la vida
No basta sólo con ser uno mismo si no hay un ser en la mirada del otro. Vale decir, si no contamos entre aquellos que nos rodean, con el reconocimiento de nuestra auténtica identidad, sin necesidad de sobreadaptarnos para encajar todo el tiempo, sumisos al deseo de los demás.
Somos engranajes, partes de un Todo mayor: nuestra familia, nuestro círculo de amigos, nuestro círculo social, etc. Y así como enfermamos cuando alguna de las partes que integran nuestros sistemas fisiológicos se desarmoniza, también enfermamos cuando nosotros, como individualidades, no logramos integrarnos armoniosamente a alguno de los sistemas a los que pertenecemos.
Lo mas facil sería depositar la culpa en otro, victimizarnos a través de la queja, tratamos de cambiar al otro, inútilmente y logramos otro sobreadaptado y sumiso a nuestra voluntad si es que lo logramos …y no nos sirve, ya que a la larga deberíamos modificar a todo un entorno… entonces bajamos los brazos, nos sobreadaptamos nosotros, amoldándonos a lo que se espera que hagamos pero con el tiempo nos damos cuenta que tampoco sirve; si cedemos demasiado nos terminaremos ahogando en la soledad de la auto insatisfacción.
Y tratamos de integrarnos a otras redes donde se genere pertenencia pero desde el reconocimiento recíproco. Esas redes a veces son entramados poco consistentes que pueden diluirse con el tiempo: redes de amigos que se pierden, de grupos que se acaban.
Y en estas idas y vueltas sigue nuestra batalla entre la vida y la muerte. Entre seguir adelante buscando, bajo la luz de la esperanza, nuevas formas más placenteras y menos dolorosas de andar el camino.
O caer, eventualmente, en la repetición de modelos nocivos que nos atan a hábitos que nos conducen al dolor y a la frustración, hasta el momento de luz en que podamos elaborarlos y trascenderlos, aprendiendo a no repetir la pauta, a auto-observarnos con amor y tolerancia, para ayudarnos a nosotros mismos, y no desde la autocrítica, a avanzar en la senda de nuestra individuación.
En estas pequeñas batallas privadas y cotidianas, descubro que la clave está en que no hemos aprendido a amar. Menos aún a amarnos. En este interjuego de exigencias recíprocas a los otros y de los otros, nos ha quedado, tal vez, el aprendizaje del deber hacer o del deber ser en vez del de amar y aceptar.
A-mor, que significa sin muerte. Amar, que no es querer, porque al querer, necesitamos, poseemos egoístamente, por nuestra propia inseguridad, sin pensar en lo que el otro verdaderamente siente o necesita, y sin pensar en lo que verdaderamente necesitamos, para tratar entonces de lograrlo y al hacerlo, soltar las amarras de la dependencia infantil, y madurar como adultos.
Muchas son las cosas que aprendimos en la infancia: a depender, a necesitar, a satisfacer, y quizás así establecimos luego nuestras demandas hacia los demás. Pero la enseñanza básica, la única enseñanza válida: aprender a amar, ¿cuánto tiempo le hemos dedicado a aprenderla? ¿Cuánto esfuerzo? O, más aún, ¿Nos hemos planteado alguna vez la necesidad de aprender a amar?
